Un recuerdo

La primera imagen que le venía a la cabeza cuando recordaba por qué había dejada de ser policía era el bosque a medio iluminar.

Al igual que en las fotografías, la imagen estaba quieta, detenida en el tiempo: la luz caía entrecortada, una telaraña creada por las formas de los árboles que se juntaban unos con otros le cortaba el paso al día; el bosque, de un verde algo oscurecido que se veía más brillante donde la luz llegaba a tocar, tenía una barricada hecha de tierra y escombros; detrás de esta, medio cubiertos en posiciones bien elegidas, podían verse las enmascaradas figuras de unos hombres armados manteniendo posiciones en la barricada. En el bosque, entre la barricada y los ojos que recordaban aquella imagen, seis o siete personas: hombres y mujeres, dos especialmente jóvenes y uno particularmente viejo, detenidos en distintos movimientos; algunos estaban corriendo hacia la barricada, otros estaban haciendo señas y amenazaban a los ojos que estaban viendo aquella imagen.

Danton Roy recordaba muy bien esa imagen, y recordaba también el sonido que la acompañaba: un golpe seco que algunos podrían haber identificado como un cañón siendo disparado, pero para él resultaba más parecido a una bofetada de mano a medio cerrar.

Aunque Roy tenía algunos amigos en el Service de police él no había sido parte del cuerpo de policía de Montreal: él había estado en el Sûreté du Québec, en la policía provincial. Él había comenzado con mucho entusiasmo y sin demasiados desafíos: las municipalidades que no tenían un servicio de policía propio recibían a los oficiales del SQ para hacer el trabajo de policía local, y Roy pasó un par de años resolviendo pequeños robos, investigando contadas desapariciones y en una ocasión siguiéndole la pista a un estafador que tenía el hábito de ir a pueblos pequeños haciéndose pasar por un empresario interesado en invertir en lo que los habitantes del lugar creyeran tener (en algunos casos era la posibilidad de petróleo, lo que requería costear investigadores, en otros eran farmacéuticas interesadas en instalarse en el pueblo y buscando compañeros de negocios). Luego de avanzar un poco y dar los exámenes correspondientes, Roy se integró a un equipo de emergencia rápida cuyo objetivo era prestar apoyo en situaciones que la policía municipal no podía manejar: comenzó a entrenarse para manejar situaciones de secuestro, robos perpetrados por criminales bien armados, persecuciones a alta velocidad y motines. En aquella época él destacó por su condición física, y tal vez algún compañero poético de más hubiera añadido que también se destacaba por un sentido del deber.

Fue como parte de aquel equipo de emergencia rápida que Danton Roy conoció aquel bosque a medio iluminar: los habitantes de una ciudad que él nunca había conocido (una ciudad pequeña, con no más de dos mil habitantes) habían expropiado el territorio de una comunidad mohawk que tenían por vecinos; aquel bosque que había llevado a Roy a dejar de ser policía tenía un cementerio y una arboleda de pinos que era sagrada para los mohawk, pero era vecino de un campo de golf cercano que quería extenderse. Había planes para construir condominios de lujo en una sección del bosque junto al Club de Golf d'Oka, y esos planes también comprendían la extensión del campo de golf para volverlo un lugar profesional. Luego de unas protestas que no fueron escuchadas, los mohawks construyeron una barricada alrededor del territorio para defenderlo en contra de la orden judicial que les había expropiado el terreno, y las protestas pasaron a estar del otro lado de la barricada. El alcalde de la ciudad terminó por llamar a la SQ denunciando actividad criminal detrás de la barricada: los mohawks ya estaban armados, y aunque no habían hecho un solo disparo dejaron claro que se defenderían si eran atacados. La policía comenzó a hacer planes para penetrar el terreno y dispersar a los que estaban tras las barricadas: luego de lograrlo, utilizarían parte del equipo de construcción para deshacer las barricadas y realizarían los arrestos necesarios entre los mohawk que las habían levantado en primer lugar.

Fuera justo o injusto, había una orden de por medio.

El ruido que él recordaba era el de las granadas: golpes fuertes y secos se escucharon cerca de las barricadas, el sonido de una bofetada que aseguraba el aturdimiento. Sin embargo, los hombres se incorporaban lentamente y volvían a las posiciones de defensa que se habían asignado para mantener la barricada. Las bombas de gas lacrimógeno volaron hasta la barricada, dispersando esa neblina acuosa que rápidamente llevó a los indios a cubrirse con los pañuelos y comenzar a salir de sus posiciones. Un rápido cambio del viento desvió violentamente la situación: el gas comenzó a volar primero hacia los policías, sumiéndolos en la neblina junto con los coches que habían traído. El viento llevaría a la neblina tan lejos como hasta la carretera. Los mohawks creían en espíritus, en algo sagrado que estaba en ese lugar junto a ellos; para los policías sólo había dos palabras para definir aquello, mala suerte. Con la neblina a medio pasar, con la poca luz que se filtraba entre los pinos del bosque, comenzaron los disparos: Roy no estaba seguro quién había comenzado, pero el posicionamiento, la cantidad de hombres y el gas extendieron el tiroteo como por quince minutos. Recordaba la confusión: no sabía exactamente a quién estaba disparando, si estaba disparando realmente a algo. Veía figuras que se movían cerca de la barricada y disparaba, al mismo tiempo que los hombres cerca de él comenzaban a retirarse, primero hacia los coches y luego, presas del gas, abandonándolos. Había órdenes que se gritaban, la mayoría no eran atendidas.
Hubo un hombre muerto: un grito dijo que le habían disparado en el rostro.

Roy jamás iba a poder olvidar ese momento, el momento entre la neblina que quería sofocarlo cuando escuchó sobre el policía muerto: la única imagen que tuvo frente a sí en aquel tiroteo fue la de un uniformado, un rostro horriblemente desfigurado que no era de nadie en particular; era un rostro que podría haber sido el de cualquiera de los policías que Roy conocía, él mismo incluido. Tuvieron que replegarse: dejaron atrás varios coches y una topadora que habían traído para destruir la barricada. Los mohawks usaron la topadora para extender la barricada, bloqueando la carretera con los coches de policía, con tierra y con carteles del club de golf que quitaron del bosque.

El policía que había muerto era un cabo de apellido Lemay, tenía treinta y un años. Roy no recordaba su rostro: sólo tenía en la imaginación aquella mezcla de personas que había sido desfigurada.

La situación no hizo más que empeorar.

Cuando los mohakws de la zona comenzaron a recibir apoyo de indios de todo Canadá se decidió cercar toda el área para impedir la entrada de personas y para controlar que no se pudieran hacer entrar más armas al lugar. Para mostrar su apoyo a los que resistían tras la barricada un grupo mohawk decidió cerrar uno de los puentes de acceso a Montreal que conectaba con una reserva india. Desde el cordón que cercaba aquella pequeña ciudad y su campo de golf Roy pudo ver cómo crecía la situación: se dedicaba a detener a aquellos que pensaban llegar hasta la ciudad, registrando coches y montando guardias alrededor del cerco que la policía había creado; escuchaba las protestas por la dificultad para hacer llegar comida al lugar y aquel problema terminó por entorpecer toda posibilidad de mantener el lugar cercado con efectividad. A medida que más y más gente comenzaba a llegar las protestas llevaron a motines, y cuando se llamó a la policía montada para prestar ayuda en mantener el cerco la violencia no hizo más que aumentar. El tráfico bloqueado del lado de la barricada creó turbas que se abrieron paso por el cerco y terminaron por hospitalizar a una decena de oficiales; el tráfico bloqueado del lado de Montreal llevó a protestas generalizadas y a la violencia racial; el video de la quema de efigies de mohawks en las carreteras bloqueadas estaba en todos los canales de televisión. Los radicales pretendían “recordarle” a Canadá que aquellos indios eran menos que canadienses, menos que civilizados. El propio gobierno estaba dividido. Cuando el ejército finalmente se hizo cargo de todos los esfuerzos contra la barricada, Roy se abandonó a una posición de espectador: durante las últimas semanas simplemente obedecía las órdenes que le daban sus superiores (que las recibían de los Van Doos, los soldados del regimiento de infantería) y hablaba tan poco como le era posible. Ninguno de sus compañeros tenía ánimos como para forzar conversación, pero había dos o tres que intentaban mantener el ánimo y era a estos a los que Roy intentaba evitar. Todos los esfuerzos por controlar la situación habían resultado inútiles, estar más o menos animado no hacía la diferencia.
Luego de un infructuoso intento por negociar con los líderes que mantenían la barricada (el gobierno federal propuso comprar el terreno que la municipalidad había expropiado, pero los mohawks ya estaban cansados de ver como la tierra se le escapaba de las manos), el gobierno terminó por ceder y se abandonaron todos los planes de construcción sobre la zona, incluyendo la extensión del campo de golf. Un circo de políticos acompañado por sus camarógrafos fueron invitados dentro de las trincheras por los líderes de los indios y se dieron discursos, se firmaron documentos y hubo fotografías de todo el asunto. Se quemaron las armas junto al tabaco que era tradición.
El saldo de casi ochenta días había sido ese: un hombre muerto, decenas de heridos y un campo de golf que no había sido construido.

Después del primer fin de semana luego de terminada aquella crisis, Danton Roy comenzó a faltar al trabajo. Fue un proceso lento, lleno de indecisión: había faltado el lunes, y había recibido una llamada a la que respondió con una enfermedad fingida la promesa de reintegrarse al día siguiente; el martes y el miércoles había aparecido con una sombra de barba y una falta de sueño que bien pasaba por una enfermedad para el que examinase el rostro del policía; el jueves le pidió a un compañero que lo cubriese durante las últimas tres horas de su turno y volvió a faltar al día siguiente. Pidió todos los días de licencia que podía permitirse en un año creyendo que las cosas podían cambiar con una semana y media más para pensar las cosas. Nunca volvió. Hizo una única llamada para explicar que no volvería y como no tenía nada que devolver a la estación simplemente dejó de atender el teléfono: no les dio la oportunidad de recomendarle un psiquiatra (no quería caer en ese juego: las visitas periódicas que hacían los policías para que ellos los dejasen lo suficientemente bien como para seguir continuando, como con un auto en el que no se puede confiar y hay que llevar al mecánico cada mes) ni les aceptó ninguna visita.

Estuvo cerca de un mes encerrado la mayor parte del día, comenzando el lento proceso que él sabía terminaría dejándole sin ahorros: no hacía mucho más que moverse de la cama hasta un sillón, sin ánimo de leer las contadas novelas que tenía o de ver la televisión más allá de tener el aparato encendido para arrojar luz, pero tarde o temprano el dinero se acabaría. Tenía que moverse, pero simplemente no podía: no le encontraba sentido. Comenzaba a comprender que la materia prima con la que se construyen las cosas son las vidas de las personas: las compañías prosperan comprando las vidas de los trabajadores que sacrifican todo excepto unas horas de sueño; las políticas de gobierno sólo funcionan cuando una vida desaparece y las personas comienzan a temer, para no perder votos algún político queda obligado a promulgar nuevas leyes, prometer campañas más duras; los países se construían en guerras, la nación sólo cobra vida cuando alguien muere por ella. Comprender aquello era un golpe duro, significaba derribar todo lo que Danton Roy había creído hasta el momento: en su trabajo, en él mismo, pero también en algo mucho más básico, en algo del ser humano que había estado allí hasta aquel momento pero que él ya no podía evocar para describirlo. Para él, ese mes fue el que vio desaparecer todas las ilusiones, todas las mentiras creadas para protegerlo de una horrible verdad; la misma verdad que estaba en la cara de cualquier persona pero que se perdía entre la televisión, la última noticia del momento y algunos bestsellers de algún escritor que se ganaba la vida convirtiendo la realidad en ficción.

Fue el peor mes de su vida.

Todavía tambaleándose por aquel golpe, Roy perdió algo de dinero por decidirse a no cumplir el contrato que tenía por el alquiler del apartamento en el que había estado viviendo y no ser capaz de llegar a un acuerdo con un dueño al que apenas conocía y no tenía fuerzas para intentar convencer. Tomó lo que le quedaba de los ahorros para mudarse a Montreal: aunque no lo había reflexionado lo suficiente como para dar una respuesta exacta a por qué Montreal, Roy sabía que necesitaba de una ciudad grande. Una metrópolis hacía sentirse pequeño a cualquiera, ¿por qué sería que extraño que un hombre que se sentía empequeñecido buscase a la metrópolis él mismo?

Al principio Roy buscó una pensión donde instalarse y tomó el primer trabajo que pudo encontrar: cuidar el estacionamiento de una empresa de siete a cinco para una agencia de seguridad. El resto del día convivía con un estudiante de diecisiete años de fuera de la ciudad, un holandés que estaba de viaje por la primavera y una muchacha que Roy descubrió se estaba prostituyendo: con el pasar de los meses las ausencias de la chica durante la noche del viernes al lunes levantaron sospechas, igual que el dinero y las compañías. Él descubrió que no le importaba, lo cual lo deprimió por un par de días. Lentamente fue perdiendo la condición física que una vez tuvo y comenzó a perder también las ganas de afeitarse, aunque se lo requerían para el trabajo. Roy tardó poco en averiguar que un hombre sin una educación más allá de la de policía tenía pocas posibilidades para ganarse la vida fuera del servicio: tenía exactamente dos, y cuando se cansó de la agencia de seguridad descubrió cuál era la segunda; a través de un conocido en el Service de police que tenía un conocido propio, Danton Roy comenzó a trabajar con un detective privado. Un montrealino de casi cincuenta años llamado Henri se había jubilado después de más de veinte años como policía y, con dos divorcios que mantener, había descubierto que necesita el dinero extra: a través del mutuo conocido Roy y él comenzaron a trabajar juntos, y aunque al primero no le caía demasiado bien el viejo (el primer matrimonio había fracasado por la infidelidad con la mujer del segundo, y este último por una mujer con la que Henri decía haber aprendido lo suficiente como para “no tropezar tres veces”) la sociedad tuvo éxito. En unos meses Roy abandonó la pensión sin despedidas y se mudó a un apartamento cuyo alquiler podía costear sin muchos problemas; ese año estuvo haciendo contactos en la ciudad para el trabajo, aprendiendo, los siguientes dos los pasaría trabajando como si nunca hubiera tenido otra profesión. El viejo acabó por retirarse y Roy juntó todos los ahorros para abrir su propia oficina: llegó al otro lado del milenio como su propio jefe en un trabajo que no pagaba muy bien, con un apartamento pequeño en la ciudad y más problemas que soluciones en su vida privada.

Las cosas habían terminado así: él creía haberse dado cuenta de las mentiras que se habían preparado para mantenerlo lejos de una cruel verdad, pero saberse fuera del engaño no le traía ningún placer; Danton Roy se había convertido en uno de esos hombres que piensan que la ignorancia es felicidad y creen que por saber demasiado son incapaces de ser felices; terminó trabajando en un negocio perfecto para alguien que necesitaba dinero y no tenía problemas en exponerse a las crueles verdades que la gente le pagaba por encontrar.

El bosque a medio iluminar era la imagen que le traía todos aquellos recuerdos, era una imagen que le instalaba en el cuerpo una tristeza que había sido lo suficientemente profunda como para dejar cicatrices que Roy prefería ignorar; esas cicatrices que terminaban siendo una parte tan íntima que su dueño ya casi no pensaba en la herida, sólo sentía su efecto.

Algunos anuncios

No ha sido la mejor de las semanas, así que no he escrito mucho.

Con algunos cambios de por medio, envíe el cuento de "las máscaras de Octubre" y veremos si resultará publicado o no. Con cambios por hacer pienso editar el capítulo "8" de la "nouvelle-policial-con-el-detective-que-vive-en-un-culo" y voy a borrar la entrada anterior para poner una nueva.

También hay una vocecita que me dice que entre tanto Twilight, True Blood y Harry Potter debería dedicarme a hacer alguna serie sobre bichos sobrenaturales uruguayos (ya tengo la premisa: un lobizón del interior se muda a la capital para estudiar en la Universidad, se enamora de la chica y eventualmente va a tener que rescatarla de unos vampiros porteños que llegan a la ciudad en busca de algo de sangre). ¿Cómo la ven?

Cambio de piel

El blog muda su piel. Espero leer comentarios sobre el cambio: ¿gusta? ¿Disgusta? ¿Distrae?

Las máscaras de Octubre

La gente esperaba el último día de Octubre con máscaras para ahuyentar a los malos espíritus antes de que el treinta y uno fuera convertido en una fiesta para los niños, o más bien antes de que nosotros lo convirtiéramos en eso. Digo “nosotros” porque creo que tenemos la culpa: cuando uno de esos espíritus apareció en la mesa que habíamos preparado por el cumpleaños de Daniel no había nada para protegerlo, sólo teníamos unos caramelos que no iban a salvarlo de nada.

En otros tiempos alguien que cumplía el treinta y uno de Octubre la hubiera pasado bastante mal: para Daniel, que había nacido en estos tiempos, cumplir ese día había sido un regalo la hora de juntar caramelos cuando niño y para organizar fiestas de disfraces ya de grande. Nosotros, más mis padres que yo, habíamos decidido hacerle una de esas típicas fiestas en familia. Invitamos a todos, hicimos una buena cena y decoramos el living más o menos como para la fecha: calabazas con ojos y sonrisa hechas con cartulina naranja que habíamos pegado en las paredes, un par de máscaras de brujas en los sillones y cinco o seis globos negros colgados del techo.

No teníamos idea de lo que iba a pasar. Yo había visto que Oscar, el padre de Daniel, había estado tomando un poco de más y se le había ido la lengua una o dos veces con alguna pavada, pero nunca se me ocurrió que iba a decir una cosa así. Alguien habló sobre golpear a los niños, creo que por un programa que había salido en la tele hacía poco hablando del tema, y él dijo que una vez le había pegado a Daniel.

- Lo bien que le hizo- nos dijo a todos, señalando al hijo-. Miralo, ahora está de novio y está todo bárbaro. Lo encontré con el vecino jugando a los doctores… sin enfermeras… pero ahora camina bárbaro…

Todos nos quedamos callados. Un espíritu así desarma a cualquiera, incluso a un muchacho que acaba de cumplir veinte años, tiene el mundo por delante y al lado una novia como aquella morocha de pelo rizado que nos había presentado. Ahora que lo pienso, tener a la novia al lado esa noche fue peor: por como abrió los ojos todos nos dimos cuenta en seguida que ella no sabía nada, igual que nosotros. Creo que nadie hubiera sabido nada si la madre de Daniel no faltaba y dejaba emborracharse a Oscar. Había que verle la nariz borracha, convertía al viejo en una criatura grotesca.

- Papá…- Daniel intentó callarlo, aunque sólo le salió un suspiro.
- Dejate de joder, Daniel. Vos sabés que tengo razón- aseguró el viejo, negándose a callar. Sonrió unos segundos con ebriedad, mostrando los dientes amarillentos que siempre me lo habían hecho parecer desagradable-. Mirá si terminabas como uno de esos de la mano con otro tipo por la calle…
- Capaz que tu padre tiene razón, che, no importa…

Me sorprendió Camila, mi tía. Me sorprendió que ella fuera la primera. Todo el acto de mujer que no deja que nadie le pase por encima y que a los cuarenta se hace rulos rubios si le gusta como se le ven resultó inútil: cuando tendría que haber puesto el acto fue ella misma por primera vez.

- Dejalo, fijate que tenés una linda novia- Fernando, el tío, siguió a su mujer con una de esas sonrisas patéticas que pone la gente cuando intenta consolarte. Era una sonrisa de lástima sincera, que me pareció peor porque realmente estaba convencido de que no había que hacer nada.
- Nadie creció sin ningún coscorrón, nene- la abuela, sonrojada y todo, fue después de los otros dos y a pesar de las cataratas estoy seguro de que le veía la cara a Daniel. Él estaba a punto de llorar.

Iba a decir algo. Iba a ponerme la máscara de enojado y le iba a decir a Oscar que era un idiota, además de un borracho. Si me daba el tiempo también le decía al resto que lo que estaban haciendo era una estupidez y que daba vergüenza, con una máscara de desprecio. Pensé en levantarme. Mamá me agarró del brazo.

- Vamos a servir el postre- anunció, y la que se levantó fue ella. Después de ella se levantaron los demás, se fueron a la cocina dejando a Oscar, a Daniel y a la novia para que resolvieran lo que tenían que resolver en el living.

Yo me quedé callado. Fui a servir postre.

Nosotros tenemos la culpa. El treinta y uno festejan los niños porque son los únicos que tienen algo para festejar: ya no nos ponemos máscaras para salir a ahuyentar a los que nos quieren hacer daño, nos encerramos a empalagarnos con dulces y esperamos que los problemas se solucionen. No nos da la cara para usar una máscara. A mí no me dio la cara para hacerlo.

Tal vez si las cosas fueran diferentes tendríamos menos miedo. Sé que hay algunos que todavía usan máscara y tienen menos miedo: la gente les teme a ellos, porque no los conocen y porque a veces los confunden con las cosas que están ahuyentando. También sé que hay otros pocos que sin usar ninguna máscara logran ahuyentar sus miedos igual.

Si las cosas fueran diferentes tal vez Daniel seguiría con aquella novia que nos presentó, o al menos no estaría solo como ahora. Tal vez tendría a alguien. Si las cosas fueran diferentes yo me sentiría menos culpable: seríamos capaces de ponernos máscaras, y tal vez, si las cosas fueran realmente diferentes, podríamos asustar sin una.

8

Los vecinos no tenían nada para decir de los Martin.

El matrimonio vivía en la rue Saint-Urbain, a una cuadra del Parc Jarry y a cinco o seis del marché Jean-Talon: estaban en una calle cuya cultura se la habían dado los judíos, a unas pocas cuadras de un pequeño barrio hijo de italianos. La pareja había llegado mucho después de que Saint-Urbain hubiera recibido una dolorosa inyección de nuevos inquilinos: la necesidad de alojar a aquella cantidad de gente había apelmazado la calle, haciendo fluir las renovaciones urbanísticas como sangre de una herida y diluyendo la identidad de aquella comunidad; los pequeños edificios con apartamentos y las casas que se habían renovado para volverse más cotizables se habían vuelto dueños del lugar, y los antiguos dueños de la calle ahora convivían con gente con la que no compartían casi nada. Precisamente, los Martin alquilaban apartamento a los dueños de un duplex y trataban poco y nada con la pareja judía que alquilaba abajo.

De cara a la calle la casa tenía una pequeña entrada escalonada a una puerta blanca y, al costado, una escalera que llevaba al segundo piso y a un balcón con otra puerta. No había escalera interior para conectar los dos pisos. Las puertas tenían tres hileras de tres vidrios cuadrados de distintos colores en el centro. El balcón era muy discreto: sólo tenía el espacio suficiente para un par de personas de pie y una rejilla de hierro bordeándolo. Ventanas a los costados de las puertas sobre un frente de ladrillo rojo. De un lado y del otro de la casa donde alquilaban los Martin había edificios muy parecidos pegados, pero al vivir en el piso superior una de las ventanas laterales todavía tenía una vista del parque, del lago y del estadio que se veían tan cercanos. No había patio, ni adelante ni atrás. Durante el invierno la nieve tapaba violentamente la parte de la acera frente a la casa, los dos autos que estacionaban frente (el marrón de los Martin y el azul de sus vecinos) y la escalera para subir al segundo piso. El techo era plano, pero resistía la nieve sin muchas dificultades.

Los vecinos no tenían nada para decir de los Martin. Cada tanto los veían pasear por el parque durante los fines de semana, o se los encontraban en el mercado de mañana, haciendo las compras.

Ella debía estar al principio de los veintes: tenía algunas marcas de acné muy discretas en un rostro que resultaba inocente, de esos que parecen no haber visto lo suficiente como para abandonar del todo una expresión infantil que resulta inconfundible para cualquiera que la tenga en frente. Era de nariz respingada, de ojos color marrón y de un pelo morocho con un corte juvenil que estaba adornado al levantarse la parte de adelante con unas horquillas que la estiraban hasta la mitad de la cabeza. Iba vestida de manera muy sencilla, y el frío le ponía un anorak marrón, de esa ropa que se vuelve tan común en la gente que después hace que uno la recuerde con ella.

Él le llevaba al menos veinte años. Para un hombre resultaba algo bajo, de cabello castaño que estaba desapareciendo en la coronilla y un bigote que ahora ya estaba canoso. Tenía algo de sobrepeso en la forma de una panza y de unos muslos gordos, y se vestía con pantalones, camisa y suéteres por encima. Tenía aspecto de padre, a pesar de no tener ningún hijo. Dientes amarillentos.

Los vecinos no tenían nada para decir de los Martin, y eso era porque sabían muy poco de ellos, y lo poco que sabían era mentira.

Los Martin no eran realmente un matrimonio. Louis Martin era divorciado, aunque no le hablaba a nadie del matrimonio que había dejado en Toronto. Virginia, cuyo apellido no era Martin aunque lo usaba como si fuera suyo, nunca había estado casada y ciertamente no lo estaba con Louis. Aquella primera mentira engañaba a todos los que conocían a los Martin, y aunque sabía la verdad Virginia también elegía quedar engañada por algunos momentos.

Las mentiras que usaban para engañarse el uno al otro eran muy distintas. Louis nunca le había dicho a Virginia que su matrimonio anterior había terminado cuando su esposa descubrió que él tocaba a las dos hijas menores que ellos tenían. Hablaban poco de aquello, pero cuando lo hacían él decía que la separación había sido dura y por eso ya no los visitaba. Escondía algo de dinero que decía que iba para ellos cuando en realidad él no estaba pagando nada. Desde que su esposa lo descubrió en la cama de una de sus hijas Louis Martin compró el silencio desapareciendo para siempre de las vidas de aquellas tres mujeres. Virginia, por su parte, nunca le había dicho a Louis que antes de conocerlo había habido otro hombre más en su vida además de un novio del cual ya casi no hablaban: su padre. Una vez, borracho, su padre había abusado de ella. Él había muerto en un accidente un año después, y la perspectiva de quedarse con su madre hizo que Virginia se fuera de casa. Pero lo que había ocurrido con su padre era algo que Virginia nunca había dicho.

Ella había llegado a una ciudad donde no tenía nadie y la casualidad que la había reunido con Louis Martin eventualmente la llevó a acostarse con él, cuando eso se volvió rutina ella se mudó a su casa (a falta de propia) y más temprano que tarde comenzaron a mentirle a los demás. Eran un matrimonio.

Ellos habían violado a dos niñas. Habían asesinado a una de ellas. Sus vidas dependían de que pudieran contarle mentiras a aquellos que los conocían.

***

Comenzó cuando Virginia comprendió que estaba perdiendo el interés de Louis Martin. Él no sólo estaba perdiendo el interés por ella, perdía el interés por aquel matrimonio falso, por aquella relación que habían creado. Virginia podía darse cuenta: Louis cada vez se acostaba menos con ella, incluso cuando tenían prostitutas. Las prostitutas solían animarlo: ella las buscaba cada vez más jóvenes y lo instaba a tratarlas cada vez peor, pero él estaba perdiendo el interés incluso en eso. Cada vez la trataba menos: no era que la tratara mal, y lo había hecho en más de una ocasión, era que la ignoraba. Prácticamente no le hablaba, no la miraba. Llegaba a la cama y él ya estaba dormido, no quería saber de nada. Virginia veía y lo que ocurría, sentía que estaba perdiendo a Louis y nada de lo que hacía parecía recuperar su atención.

Comenzó ahí, cuando ella sintió que estaba a punto de perderlo.

Ella había pensado que era un crimen pasional. Veía televisión: había visto las series de abogados lo suficiente como para saber que un crimen siempre es distinto cuando uno no lo planea, cuando se hace en el momento por un impulso. Ella creía que no había planeado nada: estaba en el coche y simplemente decidió detenerse al lado de una parada de autobús para preguntarle a una chica si quería que la llevara. Era una chica que debía tener trece o catorce, de cabello morocho con flequillo en la frente y un maquillaje que quería lucir a pesar de no manejar del todo bien. Rubor en las mejillas. Virginia creía no haber pensado nada: había algo en ella que inspiraba cierta confianza, algo en sus ojos marrones que algunos creían era ingenuidad y otros creían que era pureza, algo difícil de discernir. La chica le dijo hasta donde iba y decidió subirse al coche con Virginia, dijo que se llamaba Claire. Virginia usó su nombre, y ella creía que eso era otra prueba de que no había planeado nada.

La llevó por donde quiso, aprovechando que la chica no conocía esa parte de la ciudad, y cuando llegó el momento Virginia fingió tener un mensaje que le pedía pasar por su casa a recoger cierta cosa. Inventó cualquier cosa, pero sus ojos marrones lograron convencer a la chica. La invitó a entrar a la casa para tomar algo de agua, aunque luego cambió la oferta por un refresco. También la convenció de eso.

Era pleno día, y Virginia estaba convencida de que si hubiera planeado todo aquello hubiera revisado si había alguien que pudiera verla entrar a la casa con la chica. Comprobó que Louis no estuviera en la casa y, haciendo caminar a la chica delante, tomó el pesado teléfono cerca de la puerta y golpeó a Claire en la parte de atrás de la cabeza. La primera vez la aturdió y la hizo trastabillar, la segunda vez la llevó al piso y la tercera vez, ya con la fuerza de estar parada encima de ella, la dejó inconsciente.

Virginia ató a la chica con la cuerda que tenían para colgar la ropa mojada en la azotea después de darse cuenta que no había otra cosa mejor en la casa, la vendó con un pañuelo rojo y le pegó cinta adhesiva en la boca, tal cual había visto en las películas. La dejó en el baño y fue lo suficientemente inteligente como para asegurarse de quitar todo lo que pudiera ser filoso: unas tijeras, algunos cortadores de uñas que tenían una pequeña navaja, e incluso sacó la máquina de afeitar de Louis, por las dudas.

Claire tenía un teléfono móvil y una billetera con algo de dinero, su identificación y unas fotos de ella con amigas y un chico. Virginia apagó el teléfono y se quedó mirando las fotos un rato, hasta que finalmente dejó todo sobre una mesa. Tenía tres horas antes de que llegara Louis, así que puso la televisión tan bajo como pudo y esperó, excitada y con algo de miedo.

Recuperó la atención de Louis. Luego de explicarle que le estaba “regalando” a la chica, Virginia tardó poco en convencer a Louis de que podía hacer lo que quisiera con la chica. Él quedó vigilándola mientras ella iba hasta una farmacia a conseguir somníferos, y cuando regresó con la idea de dárselos a la chica para drogarla descubrió que Louis ya estaba haciendo lo que quería. La chica todavía estaba amordazada y vendada, pero había recuperado la consciencia y estaba a medio vestir, sin los pantalones. Obligaron a la chica a tragar los somníferos, y luego de violarla Louis volvió a acostarse con Virginia. Él pidió el día siguiente libre del trabajo, y luego de ver cómo Virginia bañaba a la chica, la maquillaba y la forzaba a tomar las pastillas, Louis volvió a violarla: medio inconsciente la chica no presentó ningún tipo de pelea, y sin la vende podían verse sus ojos que se desvanecían aún cuando la mujer la golpeaba mientras él la violaba.

La parte que ella disfrutó más fue cuando él se acostaba con ella luego y tenían a la chica dormida al lado, enrojecida. Él disfrutó más cuando tuvo a la chica boca arriba y pudo embestirla mientras ella murmuraba, casi como si estuviera del todo consciente.

Aquello no duró mucho. La chica había visto dónde vivían y, aunque no pudiera recordar demasiado luego, los había visto a ellos. El teléfono había estado apagado, pero había gente que seguía llamando (el número que más llamadas había hecho era el que decía “Mamá”). Louis simplemente dijo que iba a encargarse y nunca le dijo a Virginia qué había hecho exactamente. La había dado los suficientes somníferos como para matarla y la había escondido en la parte de atrás del automóvil: salió de la ciudad lo suficiente como para llegar a un lugar donde creía que nadie escucharía un disparo de revólver, y luego la lanzó al río Saint-Laurent con algunas piedras para hacer peso. Nunca sintió remordimiento por lo que hizo (aunque sintió un extraño sentimiento de vacío), y nunca le dio los detalles a Virginia: Louis creyó que bastaba decirle que se había encargado como para que ella entendiera, y como nunca hizo preguntas creyó que no había más que decir.

A pesar de lo breve aquello había sido intenso: por un mes entero Louis Martin no hizo otra cosa que recordarlo cuando estaba con la mujer que le decía a todos que era su esposa, y recordarlo lo excitaba como nada lo había excitado antes. No creía que volvía a tener a la chica cuando se acostaba con Virginia, pero recordaba cómo se había sentido y también recordaba que había sido Virginia la que le había traído a la chica: Virginia la había compartido con él, y era eso lo que lo excitaba.

Por un tiempo más largo ambos volvieron a tener la relación que había llevado siempre, con los golpes incluidos, y cuando comenzó a desgastarse nuevamente Giselle Kim, la preciosa niña asiática, entró en sus vidas.

Lo que había ocurrido con esa niña había sido completamente diferente.

***

Danton Roy no creyó en las mentiras de los Martin desde el principio. Lo primero que buscó el detective fue la matrícula del coche que estaba estacionado frente a la casa de Louis Martin, y luego de corroborar que coincidía con lo que él sospechaba era el automóvil que se había llevado a Giselle Kim del colegio Roy no hizo otra cosa que prepararse para no creer las mentiras que tendrían preparadas para él.

Él había sido policía antes, sabía que la gente se protegía creyendo que los asesinos, los secuestradores y los violadores eran gente distinta, gente de algún modo retorcida que uno podía distinguir del resto con una sola mirada. Había algo que los hacía diferentes y ese algo se dejaba ver a veces, o al menos eso creía Roy, pero no era algo que pudiera verse a simple vista y no era algo que pudiera ver cualquiera. Una mujer que no parecía otra cosa que una madre preocupada podría haber envenenado a un hijo, un hombre que a toda evidencia resultaba ser un marido fiel podía ser un violador. Parte del trabajo era no creer en la gente, en todo sentido.

Habiendo decidido vigilar a Louis Martin, Roy fue viendo como el asiento acompañante del Ford azul de capó con forma de mandíbula cuadrada que tenía se iba llenando de esos vasos de plástico grandes donde vendían el café en la calle. Aquel primer día de basura en el coche fue cuando Roy encontró la primera cosa que le sorprendió: una mujer que salía de la casa por la mañana, al mismo tiempo que Louis Martin se iba a trabajar. La muchacha de cabello recogido con horquillas le resultó demasiado joven para Martin, por lo que, en una decisión rápida, optó por seguirla a ella en vez de seguir al hombre hasta el trabajo.

La siguió en coche hasta el marché Jean-Talon, y una vez la mujer pasó las paredes que había sido colocadas en la superficie para espantar a la nieve del territorio del mercado, Roy la siguió a pie. Las tiendas con sus toldos, el acceso al subterráneo y los comercios de allí, la siguió con las manos en los bolsillos del sobretodo mientras la observaba comprar la comida y ojear alguna boutique que había abierto temprano con ojos soñadores. Él mismo decidió comprar alguna cosa para aparentar, y cuando una mujer cargada de bolsas con un sombrero verde se acercó a la mujer para saludarla Roy se acercó también:

- Buenos días, Sra. Martin.

Esa fue la primera cosa que sorprendió a Danton Roy. Martin no estaba casado. ¿Estaba viviendo con una mujer que era más o menos veinte años menor después del divorcio sin casarse… o era algo más complicado?

Roy salió antes que ella y esperó en el Ford hasta verla salir para volver a seguirla, algo decepcionado de que ella volviese a la casa de Martin. Iba a pasar todo ese día frente a la casa para conocer sus horarios: tenía que dormir cuando ellos dormían y estar despierto para seguir a Martin hasta el trabajo mañana. Ese mismo día, sin embargo, por la noche, Roy vio a la mujer salir para dejar la basura: aquella era una oportunidad, por lo que antes de irse el detective recogió la basura y, encima de los cadáveres del café, la llevó en el asiento del acompañante hasta la oficina.

Al llegar a la oficina se sentó y abrió la bolsa sobre el suelo, encontrando la basura y una bolsa más pequeña dentro (la bolsa del baño: había algodón, hisopos para limpiar las orejas y dos tampones usados, lo que respaldaba el hecho de que la mujer conociera a la chica como la esposa de Martin). Restos de comida mezclados con el olor amargo de unos filtros de café, y algo de papel escrito que había sido cortado en pedazos. Roy fue sacando los restos del papel para encontrar que tenía la típica letra de un artículo en Internet, había sido impreso en tinta negra y decía algo sobre correo electrónico y seguridad. Informática. Alguna nota escrita por el propio Martin en una caligrafía prácticamente ilegible comentando alguna cosa del texto.

Luego de meter toda la basura en una nueva bolsa Roy decidió investigar sobre Martin en Internet. Buscando su nombre terminó por dar con un perfil de trabajo en línea que le marcaba como casado y daba su dirección actual: el detective se preguntó a qué estaba jugando Martin, divorciado desde antes de llegar a la ciudad pero todavía casado para cualquiera que quisiera contratarle. El hombre era informático, tenía estudios en la Universidad de Toronto y parecía que estaba trabajando para una empresa local que compraba partes de computadoras, las ensamblaba y las vendía a compañías de la ciudad. Roy buscó el nombre en dos o tres páginas para “conocer amigos” que conocía y eran bastante populares pero no lo encontró.

Antes de abandonar la oficina con la bolsa de basura pensó que tendría que investigar el pasado que Martin había dejado en Toronto de alguna manera que le permitiera mantener un ojo sobre la pareja, no podía abandonar la ciudad.

Para el segundo día Roy ya traía un termo con café hecho para ahorrar dinero: esperó a una cuadra de la casa de los Martin y cuando Louis Martin se fue en el Fiat marrón Roy lo siguió a una buena distancia, aprovechando el tráfico de la mañana para confundirse con uno más de los trabajadores que tenían que llegar a las nueve a alguna oficina. Una vez viera el lugar donde trabajaba Martin tendría que pensar cómo seguir de allí en adelante.

Danton Roy sabía que los Martin mentían, pero no sabía qué era lo que querían ocultar con esas mentiras.

7

Era lunes de mañana. El escritorio de Chéron estaba limpio de las carpetas, los archivos sueltos y el libro que Danton Roy había visto antes: sólo quedaba la vieja computadora en el extremo derecho, con su pantalla que parecía más un aparato de televisión y un teclado que había nacido gris pero ya estaba amarillento. Había dos tazas de café para llenar el vacío del escritorio, una frente a la otra como Roy estaba frente a Chéron. El policía se había afeitado de mañana dejando una limpia separación entre los bigotes, la perilla que había dejado crecer y el resto de un rostro inmaculado. Roy tenía una sombra de barba ya algo crecida que aparecía por todo el rostro, ennegreciéndolo.

- ¿Me habla en serio?- después de la larga explicación que el detective le había dado al comienzo de la jornada, a Chéron ya no le quedaban ganas de recuperar los “Monsieur” y las palabras de cortesía que había puesto en algún cajón olvidado del escritorio.
- Le hablo en serio, sí- respondió secamente Roy.

Chéron le había caído mal al detective desde su primer encuentro, y peor le caía ahora la idea de tener que pedirle un favor como ese. Roy aborrecía la idea de, además de decirle que no, el policía le diera algún tipo de sermón para justificarse. Intentó ser lo suficientemente seco como para que si Chéron se negaba al menos decidiera ahorrarse el sermón.

- ¿Usted quiere que yo me ponga a buscarle todos los automóviles de la ciudad que tengan los tres números estos porque aparece en un video cerca del colegio ese y unos niños le contaron una historia donde aparecía?- el tono era una respuesta en sí misma- Usted no habla en serio, Roy, esto es ridículo.
- No son todos los automóviles, es un Fiat.
- Da igual- respondió Chéron, un poco enfadado por la respuesta-. Mire, esto es ridículo. Digamos que sí había un automóvil que se estacionaba cerca del colegio y estos niños lo notaron, ¿realmente le gustaría saber cuántos automóviles de los que estacionan ahí se movieron en las últimas semanas?- el policía siguió hablando sin esperar una respuesta- Pero digamos que justo este automóvil sí tiene algo que ver y vamos a buscarlo: ¿quiere saber cuántos Fiat habrán pasado por zona?
- Tres- respondió Roy, llevando los párpados un poco más abajo con cansancio-. Estuve mirando las cintas, hay tres Fiat que aparecen, pero ninguno era del color o del…
- Sí, sí, en las cintas- Chéron le hizo un gesto vago con la mano, como para detenerlo-. ¿No se le ocurre que no todos los automóviles están en esas cintas y que el que sí pasó puede no ser el que busca? Escuche, ¿no se le ocurre que sí todo eso es verdad el automóvil ya puede estar en cualquier lado ahora? Todo esto es ridículo, pero si fuera a tener razón y es el coche de un secuestrador… ¿no se lo habría quitado de encima? Esto no se sostiene- intentó explicarle.
- Es rebuscada, pero si el dueño es el secuestrador, ¿para qué se va a deshacer de algo que nadie buscaría? Usted es el que me dice que esto es ridículo- el aire salió de la nariz del detective casi como un suspiro, la respuesta salió del detective con un desinterés hosco-, no me diga después que si tengo razón el secuestrador ya se hizo cargo de un problema que antes me dijo que era ridículo.

Cherón apretó los dientes. Era un gesto de fastidio que el detective no pudo notar, pero en las líneas del rostro del policía podía verse algo de tensión. Para refrescarse, Chéron se pasó el pulgar y el índice por los bigotes en un gesto simétrico que terminó uniendo toda la mano en la perilla, como si estuviera limpiándose la barba. Ese era un gesto de fastidio mucho más visible, pero iba borrando la tensión del rostro del policía.

- Mire, Roy, le voy a decir las cosas como las veo- advirtió el policía, con cinismo-. Usted me trae una idea que no tiene cómo sostenerse sobre un caso que no tiene solución: nada apunta al secuestro pero usted quiere investigarlo, bien- concedió-, pero me viene a pedir un favor en base al testimonio de unos niños sobre un automóvil que puede ser cualquier cosa y unas cintas de seguridad. Usted fue policía- le recordó Chéron a Roy, con reproche-, yo creo que usted sabe bien por qué no investigamos una cosa así: coches sospechosos, vecinos misteriosos y los rumores de las vecinas atentas no son fuentes de datos, a lo sumo lo llevan a uno a hacer conjeturas como la que usted trajo ahora. ¿Por qué no vuelve al colegio a preguntarle a la gente si vieron a algún hombre extraño?- propuso el policía con un sarcasmo cargado de desdén- Pregúntele dos veces y pídales que se aseguren de no olvidar nada, dígales que es importante. Se va a sorprender de la cantidad de “pistas” con las que se va- apareció una sonrisa- Usted no vino a investigar esta desaparición, esta no es una teoría real. ¿Por qué mejor no me dice qué es lo que quiere de verdad?- preguntó.
- ¿Que es…?

Roy creyó que era retórica. Había soportado el sermón porque todavía no había escuchado a Chéron decirle que no, pero no tenía demasiada paciencia para estar dándole cuerda al policía. Supuso que era mejor seguirle el juego para poder terminarlo rápido y llegar a la parte en que tenía una respuesta concreta.

- Dígamelo usted. Leí su archivo- respondió Chéron.

Aquello era algo que Danton Roy no esperaba. Ahora no sabía a dónde querría llegar el policía, pero no le agradaba en absoluto el rumbo que tomaba la conversación. Abrió bien los ojos y frunció el ceño al mismo tiempo que usaba el brazo para apoyarse en la silla y se iba hacia atrás, enderezándose.

- ¿Qué es lo que quiere decir?- le preguntó al Chéron, con hostilidad.
- Quiero decir eso- respondió él, insistiendo-. Leí su archivo. Me parece que usted no está buscando a esta niña, estará buscando otra cosa que a mí se me escapa, pero con una teoría así usted no está buscando a la niña. ¿Quiere decirme qué busca?

Muchas posibles respuestas se cruzaron en la cabeza del detective, todas con una velocidad que hacía imposible detenerse a ver una sola: en varias estaba mandando a la mierda a Chéron de distintas formas y con distintos colores, en otras le daba respuestas más o menos inteligentes o filosóficas, en algunas pocas intentaba arrastrarse y negaba todo, diciéndole lo comprometido que estaba con la investigación. Algunas respuestas ni siquiera las daba él: era algún otro Roy al que no le importaba estar divirtiendo a un policía al que le gustaba escucharse, o al que no le importaba lo suficientemente el caso de la niña como para insultar al policía a cargo de la investigación oficial. Era gente distinta, aunque tuvieran algo de él en ellos.

Roy no estuvo pensando durante esos segundos que tardó en responder, estuvo dejando que las distintas respuestas le atravesaran y finalmente le dio a Chéron una que era mezcla de varias y una improvisación del momento:

- Estoy buscando a la niña, Chéron. No le de más vueltas al asunto. Si no quiere buscar la matrícula sólo tiene que decírmelo y me voy de su oficina. Entiendo su punto, pero voy a investigar todo lo que tenga por ridículo que a usted le parezca: a mí me están pagando por eso, pero además de que me pagan me comprometí a seguir buscando. Ustedes ya le dijeron a la madre que la investigación no iba a ningún lado, yo ya le dije que seguir iba a ser difícil y podía no llegar a nada. Ella quiere seguir, no quiere resignarse a que haya desaparecido su hija. Yo estoy trabajando. Eso es todo.

Chéron puso un gesto de duda: su frente se frunció un poco como si fuera esta la que estuviera pensando la respuesta del detective. Le respondió al instante:

- ¿Es por eso, entonces? La madre quiere seguir adelante y sigue pagando, usted ya está comprometido.
- Sí, es eso.
- Usted es un empleado- afirmó Chéron, con cierto dejo de pregunta en su voz.
- Sí- un gesto de desprecio apareció en el rostro de Roy con la respuesta-. La mujer acaba de perder a la hija- le repitió al policía-. ¿Me hace el favor de decirme si me va a ayudar o no, Chéron?

El policía torció el gesto. Extendió un poco los brazos sobre el escritorio y los giró, palmas hacia arriba: parecía estar atajándose, le mostraba al detective que no le estaba ocultando nada pero también le pedía algo más de paciencia.

- Las niñas van a seguir desapareciendo- dijo, moviendo las manos con aire de disculpas, aunque no parecía estar disculpándose el mismo. Más bien, Chéron parecía estar diciendo con las manos que no había nada que hacer, ni él, ni Roy, ni nadie-. Si vino con esto es porque la cosa va más allá. Si le busco esta matrícula y resulta que no hay automóvil que la tenga va a venir el próximo lunes con alguna otra cosa, alguna otra “pista”. Si resulta que el dueño es el Primer Ministro igual va a ir a investigarlo para ver si no es el secuestrador de su niña- aunque seguía con el sarcasmo, el tono del policía parecía más bien conciliador-. Lo que le quiero decir es que ya llegó al final de la investigación: si sigue se va a quedar en un punto muerto con testigos “extraños” y autos “sospechosos” que no lo van a llevar a ningún lado. Si convierte esto en algo personal y…
- Bueno, ya está- Roy interrumpió al policía y se levantó del asiento bruscamente. No parecía que fuera a quedarse un segundo más en aquella oficina.

El rostro de Chéron volvió a entrar en tensión.

- Mire, le estoy dando un consejo que…- comenzó a decirle a Roy.
- No le pedí ningún consejo- volvió a interrumpir el detective.

Roy miraba al policía desde arriba después de haberse levantado. Chéron había terminado por hacerlo enfadar realmente: ¿quién era él para pretender darle consejos? ¿Qué creía que le estaba diciendo? ¿“Las niñas van a seguir desapareciendo”? ¿Qué clase de persona decía una cosa así? Roy lo sabía muy bien, por eso el policía lo hacía enojar con tanta facilidad: Chéron era de la clase de personas para las que Danton Roy había trabajado durante toda su carrera como policía, y si no se hubiera dado cuenta de las cosas tal vez él también hubiera terminado por ser uno de ellos. Otro Chéron que se dedicaba a amenazar gente hasta averiguar quién organiza las manifestaciones frente al parlamento para hacerlos arrestar. Uno de esos policías que hacen un fondo común de sobornos y dividen por partes iguales cada fin de mes. Mantuvo la mirada sobre Chéron como amenazándolo: ahora ya no pretendía irse de la oficina, ahora Roy simplemente lo miraba con odio y esperaba a ver qué sucedía. Si terminaban a golpes, que era muy posible, él estaría más que a gusto.

Chéron, por su parte, también tenía sus motivos para esta enfadado. El detective se le hacía insoportable: había leído el archivo de Danton Roy, sabía exactamente qué era lo que el hombre había visto para haberse salido de la policía y, al contrario que este, Chéron no podía hacer otra cosa que aceptarlo. ¿Cómo creía Roy que funcionaba el mundo? ¿Creía que había visto el lado malo del hombre y por eso se había ido del servicio de policía? ¿Qué había esperado ver después de mirar el suficiente tiempo? Roy le parecía ingenuo, pero además de ingenuo le resultaba insufrible: era persistente en la ingenuidad, incluso era orgulloso de ella. Había llegado con una teoría estúpida para encontrar a una niña que no le importaba a nadie, con la esperanza de poder cambiar cosas que no se cambiaban: si aquello hubiera sido simplemente un trabajo, Chéron no hubiera tenido problema en ayudar o no al detective, pero dado que había una cuestión personal de fondo él quería hacerle entender algo a Roy; quería hacerle entender que él no podía hacer nada contra las cosas. Si pretendía salvar a la humanidad encontrando una niña en un caso que ya estaba cerrado el detective era un idiota.

Chéron estaba enfadado, y decidió levantarse también.

- ¿Quiere la matrícula?- le preguntó, con la misma hostilidad que Roy le estaba mostrando- Bien. Voy a darle la matrícula. Pero después de que la tenga quiero que vaya y haga lo que pretende hacer: investigue. Siga mirando- el tono era de desafío, pero también había algo de resignación-. No se metió en esto para encontrar una niña, se metió en esto para resolver un problema suyo. Siga investigando: de ahora en adelante lo único que va a encontrar es su problema, y si hay suerte hasta lo resuelve y nos hace un favor al resto. Quédese aquí, voy a buscarle la matrícula- Chéron le hizo una seña para mantener al detective en la oficina y caminó violentamente hasta la puerta, abandonando a Roy y a dos tazas de café que ya se estaba enfriando. Abrió la puerta y salió, caminando directo con la persona que él sabía que tenía que hablar, sin mirar atrás y sin detenerse.

Roy no dijo nada, tampoco se sentó aún cuando Chéron ya se había ido de la oficina. Lo que le había dicho el policía lo había puesto de un peor humor. Miró con rabia hacia la puerta de la oficina del policía.

No sabía si estaba enojado porque no habían terminado a los golpes o porque estuvieron cerca de hacerlo. Ni se le ocurrió que seguía enfadado por lo que le había dicho el policía antes de salir.


***

Cuando Chéron volvió a su oficina encontró a Danton Roy todavía de pie. El policía había estado fuera cerca de quince minutos, el tiempo necesario para poder calmarse pero no el suficiente para abandonar la idea de darle la suficiente cuerda al detective para que terminara ahorcándose. Fue directo al asiento detrás del escritorio y se sentó, dejando al lado de las tazas de café una hoja de oficina de las que tienen pequeñas perforaciones al final y vienen unidas de a cientos.

- Aquí tiene- le dijo al detective, sin sonreír pero con un tono mucho más amable del que había tenido al abandonar la oficina-, un Fiat del modelo y con los números que me anotó. Es el único que coincide.

Chéron no parecía estar haciéndole un favor: más bien, había dejado sobre el escritorio aquel papel como si fuera una trampa. Roy tenía que acercarse para tomar la hoja, tenía que bajar la guardia lo suficiente como para hacerse de la información. Después de lo sucedido el detective había decidido que no se iba a prestar para más drama, tampoco iba a agradecer aquello que le daban de mala gana: dio los pasos suficientes como para llegar hasta el escritorio de Chéron y tomó la hoja, leyendo en silencio frente al policía.

- El dueño registrado es Louis Martin- Chéron continuó hablando-. Su dirección aparece abajo, vive en la Petite Patrie. Es divorciado, llegó de Toronto hace cinco años y tiene algunas multas de tránsito con ese automóvil. Para perfil de secuestrador es tan bueno como cualquiera- añadió, y volvió a sonreír aunque el detective no lo vio.
- Bien- respondió Roy, secamente.
- ¿Necesita algo más, Monsieur Roy?
- No, ya está bien.

Danton Roy bajó la hoja y observó a Chéron. Encontró que este le observaba también, y por unos segundos eso fue todo lo que ocurrió en la oficina: ambos hombres se observaban el uno al otro, sin decir nada y sin más movimiento que el doblar de la hoja que Roy hizo con las manos para guardarla en uno de los bolsillos. No había reflexiones: sólo los ojos de uno frente a los del otro, el reflejo de la mirada de uno sobre la del otro.

- Usted conoce la salida- Chéron había hecho la despedida por Roy, rompiendo el silencio y el contacto visual, miró a la puerta-. Si tiene noticias hágalas llegar: tal vez algo bueno le resulte de todo esto- añadió, porque no tenía las ganas o la necesidad de mentirle al detective deseándole buena suerte o diciéndole que podía volver si necesitaba ayuda en alguna otra cosa.
- Buen día, Chéron.

Roy salió de la oficina de Chéron con un rictus de seriedad en el rostro: caminó por la estación de policía sin mirar otra cosa que la salida, aunque sus pensamientos estaban lejos de abandonar el lugar. Había cortado el único vínculo con el caso oficial pero ahora tenía una pista más o menos sólida, aunque los ataques del policía ahora le hacían cuestionarse lo que él había creído había sido un descubrimiento casi de milagro: Danton Roy ya no estaba seguro de lo que iba a encontrar al investigar al dueño del coche, y sabía que si Chéron tenía razón y la cosa no llegaba a nada el caso acababa allí. “Se metió en esto para resolver un problema suyo”, le había dicho Chéron, y Roy también se preguntaba eso: ¿qué había de cierto en eso? Roy quiso creer que muy poco: se había ganado el comentario al haber acuidado al policía que había cerrado el caso con una pista que él no encontró, y para peor con la pista que no encontró porque aquel era un policía que no creía en buscarlas.

Al abandonar la estación de policía y volver a ver las calles tibias con los rastros de la nieve nocturna sobre ellas, Roy decidió no pensar más en lo que había dicho Chéron. Se había comprometido con el caso y con la madre de la niña, y si al final resultaba que la pista del Fiat no llegaba a ningún lado al menos le diría a la mujer que no le quedó nada por intentar. Ella dependía de que él hiciera todo lo posible, por más ridículo que le sonase a un policía corrupto.

Chéron, por su parte, no buscó a Danton Roy en la ventana que tenía en su oficina. Después de que el detective había abandonado su oficina, Chéron se terminó la taza de café frío que había quedado y observó la pared, una pared blanca que estaba tan vacía como el día en que la terminaron. Pensó por unos momentos que tal vez había sido demasiado duro con el detective, pero la pared terminó por llevarse ese pensamiento junto con el resto de la atención de Chéron.

Daba igual si había sido duro: tenía razón.

6

El “por favor” había inundado la semana de Danton Roy.

Los instintos del detective lo habían llevado a comenzar a investigar la desaparición de Giselle Kim a partir de la idea de que en realidad investigaba el secuestro o el asesinato de Giselle Kim, pero por bueno que fuera seguir los instintos de uno cuando no se tienen pistas se los está siguiendo a ciegas. Roy todavía se enfrentaba al hecho de que no tenía sospechosos, no tenía un móvil, y la oportunidad, el momento en que la madre de la niña la había dejado sola a la salida del colegio, no presentaba mucha ayuda: nadie podía decirle nada sobre aquel momento, no había ningún testigo.

Dado que estaba a ciegas, lo único que le quedó al detective fue seguir a tientas y pedir “por favor” a cualquiera que pudiera ayudarle a continuar.

“Por favor” había pedido para volver a interrogar a las personas en el colegio al que iba Giselle Kim. Algunos profesores accedieron para volver a decirle que no sabían nada, otros se negaron. Tenían pretextos, algunos buenos y otros malos: los profesores de francés tenían que trabajar en varios lugares para llegar a un buen salario y no tenían tiempo para preguntas, los de chino y coreano tenían trabajos de traducciones, compromisos previos (un cumpleaños, una cita con una pareja) o simplemente “tenían que estar en otro lado”. El asunto con los niños fue aún más difícil.

“Por favor” a la administración del colegio para que le permitieran volver a interrogar a los estudiantes, “por favor” a los padres que ya habían accedido antes para volver a molestarlos, “por favor” a los padres que no habían accedido en un primer lugar. Logró conseguir a la mayoría de los niños a los que había hecho preguntas en un primer lugar, y el “por favor” había funcionado con una familia que en un principio no le había dejado interrogar a sus hijos (hermanos de diez y doce años).

Roy hizo lo mejor que pudo con aquellas entrevistas. Puso la mejor imagen que tenía para dar de sí mismo: llevó un traje azul que era el más nuevo que tenía, se afeitó y ocultó dos pequeñas cortadas que se hizo en el cuello, incluso intentó darle algo de forma a su cabello (aunque en esto último no tuvo mucha suerte, aunque como tenía el cabello corto aquello pasaba por normal). Había dormido bien y de las ojeras usuales sólo quedaba una sombra.

A pesar de verse bien, el detective estaba incómodo. En las películas los hombres de la profesión de Danton Roy conseguían pistas con brillantes deducciones detectivescas, con amenazas o sobornos a soplones y con algunas persecuciones en automóvil. Roy estaba entrevistando niños, vestido a la moda de un vendedor de seguros que quería parecer simpático y comprándole café a los padres como agradecimiento por permitirle las preguntas a sus hijos.
Danton Roy estaba incómodo porque se sentía patético.

El patetismo no dio ningún fruto hasta llegar a los niños que no había interrogado antes, luego de diez familias, dieciséis tazas de café y cerca de dos docenas de “gracias”. La madre que había aparecido junto con los niños, una rechoncha mujer oriental de pequeña estatura y de cabello negro abultado, le explicó a Roy en un francés muy malo que la administración del colegio no le había dicho exactamente qué era que quería él en primer lugar, y por eso no había permitido la entrevista antes. Había traído a sus niños, dos muchachos cuyas cabezas le llegaban hasta la mitad del torso, a ambos lados de su gordo cuerpo y los tenía con los brazos sobre sus jóvenes hombros. Era desconfiada, pero luego de que Roy le explicó lo de la niña desaparecida por teléfono la mujer accedió a la entrevista. Roy quiso suponer que la mujer sentiría compasión o que él había logrado convencerla, pero era lo suficientemente cínico como para haber elegido creer que la mujer había visto la amenaza e intentaría ayudar con cualquier que pareciera poder traer más seguridad al colegio de sus hijos. La manera en que aquella mujer asfixiaba a los niños parecía querer confirmarle su cinismo.

Los niños tenían nombres de origen coreano que a Roy le resultaba difícil pronunciar. Ambos eran de cabello negro con el corte de tazón costumbre de esa edad, ambos vestían el mismo uniforme azul con insignia cosida sobre el buzo a la altura del corazón. Uno era ligeramente más alto que el otro y tenía una mirada distinta: era una mirada curiosa que iba de un lugar a otro de la sala del colegio que le habían prestado a Roy (una sala de profesores con un escritorio rodeado de sillas de oficina y con dos o tres computadoras portátiles para los profesores). El otro, el más bajo, se había quedado mirando la ropa del hombre, especialmente la corbata de color azul oscuro que, sin prendedor, iba y venía por el pecho del detective cuando se movía.

Con la madre supervisando, después de diez minutos Roy finalmente sacó algo de los hermanos:

- El auto no está desde que Gi no está- dijo el más alto de los dos hermanos, en medio de una conversación sobre las cosas que habían cambiado desde que Giselle Kim había desaparecido del colegio.
- ¿El auto? ¿Qué auto?- preguntó Roy.
- ¡El auto! ¡Cierto!- exclamó el más bajo, olvidándose del detective y sonriendo, como si le hubieran contado un chiste.
- ¿Había algún auto que estuviera cerca del colegio a la hora de la salida?

Desesperado en la ceguera, Roy creyó ver algo y se aferró a él.

- No, no- el primero miró a su hermano y ambos comenzaron a reír-, es un auto que mamá rompió.

El detective se decepcionó y miró a la madre de los muchachos buscando respuestas. Esta se encogió de hombros de manera muy ligera (el gesto seguramente hubiera sido más significativo para ella, pero su cuerpo fofo apagaba cualquier movimiento que pudiera tener algo de agilidad y Roy lo percibió así).

- ¿De qué auto están hablando?- preguntó la madre.
- ¡El auto marrón, mamá!- dijeron los dos.

Ella pareció recriminarles en su idioma, unas pocas palabras rápidas y duras que Roy no comprendió pero que hicieron que los niños se controlaran más.

- Es el auto que golpeaste cuando estábamos llegando… el que se quedó sin el espejo- explicó el niño más alto, mientras el otro jugó con las dos manos haciendo una colisión entre ambas. Un auto que llegaba rápido y otro que aparecía por el lateral.

La mujer, avergonzada, le explicó al detective de lo que hablaban sus hijos. Hacía algún tiempo estaba llegando tarde para dejar a sus hijos en el colegio y había chocado por accidente con un automóvil marrón que estaba saliendo del espacio donde estaba estacionado, en la calle. A Roy le costó mucho entender algunas cosas que dijo la mujer pero los niños iban aclarando a medida que la mujer se trancaba con algunas palabras, como “retrovisor”. Lo que el auto marrón había perdido era uno de los espejos retrovisores de las ventanillas.

- ¿Y cómo es que “no está más”? ¿No fue un accidente?
- Sí, pero el auto siempre está parado cerca y ahora ya no está más- aclaró el niño, y ahí perdió completamente la atención del detective para comenzar a divertirse del choque con su hermano y, hasta que la madre no volvió a reprimirlos con la brutalidad de ese lenguaje, a burlarse de la mujer.

Era una primera pista, y tuvo que comenzar a negociar con nuevos “por favores” para que la mujer pudiera darle alguna idea del modelo del auto, la marca, o cualquier cosa que pudiera recordar.

***

“Por favor” no había bastado para conseguir la información sobre todos los Fiat de aquel modelo en color marrón que tuviera la policía. Los conocidos de Roy en el Service de police no iban a hacerle una búsqueda: ya fuera porque él no tenía nada para ofrecerles excepto el “por favor” o porque la mayoría de los conocidos de Roy realmente no tenían los medios para buscar “porque sí” información.

De nuevo ciego, al detective no le quedó otra alternativa más que volver al “por favor”. “Por favor” a todos los comercios cercanos a la zona del colegio de Giselle Kim que tuvieran cámaras de seguridad que dieran a la calle: un estacionamiento, un servicio de pago de cuentas y un supermercado. Danton Roy volvió, esta vez con el mucho más cómodo (pero muchísimo más viejo) traje marrón y con la sombra de una disciplina de afeitada que no pudo mantener por más de dos días seguidos, y volvió a pedirle “por favor” a los dueños de los lugares.

El lugar de pagos le dijo que no por una cuestión de privacidad de sus clientes, el estacionamiento acepto y el dueño del supermercado no estaba convencido:

- ¿Para qué quiere?- le preguntaba a Roy con agresividad.

Era otro hombre con un francés terrible. Un viejo de cabello largo en hebras que comenzaban a partir de la mitad de la cabeza, manchas de la edad en la frente y unos lentes delgados que colgaban de una cadena sobre el cuello.

- Soy un detective, señor- después de haber intentado ir por el lado amable, Roy optó por el lado sencillo: frases cortas, pronunciación delicada… un grito de ayuda-. Estoy buscando un auto. Usted tiene una cámara que da a la calle, tal vez el auto pasó por la calle.
- ¡No auto!- protestó el hombre- No tengo auto.
- No su auto, señor. Estoy buscando otro auto- el “otro” salió entre los dientes de Roy-. ¿Comprende?
- Sí.
- ¿Me dejaría ver las cintas para ver si el auto pasó por aquí?
- ¡No cintas!

Un cliente interrumpió la conversación, otro hombre asiático con el que el viejo intercambió algunas frases en su idioma (Roy, en el enfado, se convenció de que el hombre hablaba a gritos porque su idioma natal se reducía a eso) y una risa, que el detective creyó era sobre él y lo puso en guardia.

- Por favor, señor, ¿me dejaría ver las cintas? Es importante encontrar el auto.
- No hay cintas, computadora- explicó el viejo.
- Computadora- ya se estaba rindiendo-. ¿Puedo ver la computadora?
- ¡Jun!
- ¿Qué?
- ¡Jun!

El viejo señaló primero y luego, moviendo las manos, le indicó al detective que abandonara el mostrador y Roy comenzó a caminar hacia donde indicaba el dueño del supermercado: una parte de atrás de la que salió un muchacho algo pasado de peso con los ojos rasgados y una camiseta naranja. Rato después él averiguó que “Jun” era el muchacho, que “manejaba la computadora” y le podía dar discos de lo que había filmado la cámara. Nuevos “por favores” para el muchacho, aunque a falta de poder entenderse con el dueño del supermercado Roy optó por asentirle con la cabeza al abandonar el supermercado con las cintas, en vez de darle las gracias de otra manera a aquel viejo insoportable.

***

El fin de semana transcurrió en la oficina. Las cintas del estacionamiento le tomaron más tiempo del que había creído, y sobre el escritorio se iban acumulando las marcas de la taza de café para mantener a Roy despierto durante la sesión de horas y horas de video adelantado buscando al Fiat marrón. Lejos, en la puerta de la oficina, Roy pudo ver a las últimas ratas abandonando el barco antes de comenzar su maratón: todos los burócratas que hacían de sus vecinos pensaban pasar el fin de semana con sus familias, sus rutinas o haciendo lo que fuera que hacían cuando no estaban dentro de las oficinas. La figura de la psicóloga, su silueta acompañada de varias carpetas en el camino hacia el ascensor, marcó el comienzo de la jornada del detective.

Luego de las primeras dos horas Danton Roy ya tenía al saco recostado sobre un sofá lejos de la televisión, la corbata dormida sobre el respaldo de una silla, y las dos tazas de café que tenía en la oficina como únicas compañeras.
Si algo le dio aquello fue tiempo para pensar.

El “por favor” lo había llevado hasta aquella situación, que patética o no era mejor que la situación anterior en la que estaba sin pistas, sin ideas y sin demasiados recursos para continuar con una investigación real. ¿Qué poder real tenía ese “por favor”? Pedirle por favor algo a alguien significaba algo para el detective, pero mientras más lo pensaba más se convencía de lo débil de ese significado: pedir por favor a veces tenía efecto sobre las personas buenas, a veces podía convencer a alguien apático, pero… ¿y lo demás? El “por favor” no tenía efecto la mayoría de las veces que alguien estaba dispuesto a hacerle daño a uno: ¿cuánta gente pedía que por favor no la robaran, por favor no la mataran? ¿La niña? ¿Habría pedido por favor a alguien para que no se la llevase? ¿Estaría pidiendo a alguien por favor para ver a su madre?

Si con un “por favor” Danton Roy intentaba encontrar a una niña era porque un “por favor” no era suficiente para detener que ciertas cosas ocurran: un secuestro, un asesinato, una violación. Incluso el “por favor” prometía algo muy vago, tal vez de todo aquello no saldría ningún fruto y el detective continuaría en el mismo lugar en el que había estado antes de rebajarse a algo que lo había hecho sentirse patético. Algo que lo estaba deprimiendo.

El paso del tiempo y del video fue devastándolo. El ruido de la cafetera, que en circunstancias normales era un escándalo que siempre obligaba a Roy a ganar tiempo yendo al baño del edificio o saliendo a comprar algo para evitarlo, terminó por asentarse en la habitación. Una taza tras otra. Cuando notó que ya no podía concentrarse más se retiró al sofá con una frazada vieja que olía e intentó leer para dormirse. Una mala novela que no tenía diálogos, pero las descripciones constantes y pesadas eran lo que él estaba necesitando. Despertó habiendo terminado con las cintas del estacionamiento y con las del supermercado como última esperanza.

La maratón regresó a partir del momento en que hubo luz natural en la oficina, luego de que hubo café fresco y algunos bizcochos que Roy había salido a comprar sacándole una cara de asco a una panadera que había mirado el muerto viviente en el que se había convertido el detective. Aparecieron nuevas reflexiones y algo más de depresión a medida que los videos del supermercado corrían y el Fiat marrón no hacía acto de aparición. Roy ya comenzaba a preguntarse si iba a volver a ver todo el video para saber si había pasado por alto al automóvil.

Podía pedirle “por favor” a los videos, o podría pedírselo a Dios. No tenía nadie más a quién apelar en ese momento: era esperar que los videos tuvieran algún tipo de inteligencia escondida que se apiadase de él, o hubiera un Dios que estuviera dispuesto a interceder por Danton Roy (lo que también era decir que hubiera un Dios dispuesto a ayudar al detective aún cuando él dudase de su existencia).

Saber que pensaba en hacer una cosa así deprimió a Roy aún más.

Una vez que el video del supermercado había terminado Roy salió a la calle a tomar algo de aire y a buscar algo de comer. Almorzó, tiró el plato de plástico y el papel en el que venía envuelta una comida insípida de supermercado que no había podido calentar y volvió a pasar el video del supermercado. Encontró que había tenido razón al creer que había pasado por alto algo: la parte trasera de un auto marrón, un Fiat, aparecía en un momento del mediodía cerca de la puerta del supermercado del pequeño barrio chino. La mitad de una matrícula era visible.

Ahora tenía algo más sólido para continuar, pero no exactamente para salir de aquel patetismo al que Roy había llamado sobre sí mismo:

- Hola. Sí. Quisiera hablar con el Detective Chéron. No. Sí. Sé que es domingo. Sí, también. Escúcheme, es algo importante, él me recibió antes y querrá… Sí. ¿Podría al menos dejarle un mensaje, por favor?

Una nota sobre las fechas

Ahora mismo estoy con algo que parece que va a dar para largo: si bien en el blog van a ir apareciendo las cosas a medida que las ponga, en el archivo abajo aparecen primero las más viejas. Si quieren leer en orden usen el archivo de abajo.